XII Congreso de la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia

 

El 10 de marzo, Enrique Santos Molano escribió la siguiente columna, a proósito del XII Congreso de la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia en ElTiempo.com

Del 2 al 7 de agosto del año pasado se efectuó en Buenos Aires (República Argentina) el XII Congreso de la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia.

 

Son miembros de esa Asociación todos los países latinoamericanos, España y Portugal. El XII Congreso abarcó un tema específico: la celebración del bicentenario de la Independencia. Más de cien académicos de los países afiliados sesionaron en el antiguo recinto del Congreso argentino. Hubo brillantes intervenciones que, a partir del análisis de los acontecimientos  independentistas, abogaron por un enfoque de la historia que profundice en  el examen del desenvolvimiento de las localidades y las regiones como bases fundamentales del devenir y del ser nacional.

 

Los académicos reunidos en Buenos Aires aprobaron por unanimidad una moción, honrosa para Colombia y su capital, en la cual se manifiesta la complacencia con que la Asociación Iberoamericana de Academias contemplaría el que Bogotá fuera la sede del XIII Congreso, programado para  principios del 2012.

Pero la Academia Colombiana de Historia no cuenta con los recursos para auspiciar un Congreso de la Importancia del Iberoamericano. Pasaron los tiempos felices en que a nuestra Academia la amparaba la mano protectora de las grandes personalidades de la nación, que entendían la historia como lo que es. El alma de la identidad de un pueblo. Especialmente el doctor Eduardo Santos veló, como gobernante o como simple ciudadano, por que a la Academia de Historia no le faltara nunca una solvencia económica digna de su importante tarea. Después del fallecimiento del doctor Santos en 1974, los nuevos gobiernos y los nuevos prohombres del país (que demostraron con orgullosa ignorancia poseer una capacidad intelectual y un acervo cultural y gnoseológico  demasiado inferior al de sus antecesores) redujeron la Academia, y no sólo la Academia sino los estudios históricos en general a la condición de cenicientas del presupuesto nacional.

Incluso los desterraron del pénsum de estudios del bachillerato. A los estudiantes colombianos no se les enseña la menor noción de la historia, no se les provee del conocimiento y las herramientas necesarios para la investigación científica. ¿Por qué habría de extrañarnos que el noventa y nueve por ciento de nuestra población estudiantil que cursa su bachillerato no tenga la idea más elemental de su pasado, remoto o reciente? Un sistema educativo castrador ha privado a nuestra juventud de su identidad nacional, y aun de su propia identidad como miembros pensantes (o que deberían serlo) de la comunidad colombiana, de la comunidad iberoamericana y de la comunidad mundial.

Que los años dorados de la Colombia de primera mitad del siglo XX hubiesen pasado no implica que no puedan renacer, y ahora con más fuerza gracias a los instrumentos formidables para el estudio, la investigación y el conocimiento que nos ofrece la tecnología asombrosa de hoy, y para cuyo uso adecuado y eficiente la Academia es imprescindible.

Nuestro presidente actual, sobrino nieto del doctor Eduardo Santos, que se distingue también (lo ha demostrado en sus actos públicos y privados, escritos y discursos) por una clara afición a la historia, que entiende su alma y sabe lo importante que es para un país, no vacilará en auxiliar la Academia Colombiana de Historia, en momentos en que se encuentra ella en la angustiosa y penosa disyuntiva de tener que rehusar, por carencia de recursos, la propuesta de hacer en Bogotá el XIII Congreso Iberoamericano. Así como dicho Congreso enaltecería y pondría de relieve ante el mundo las virtudes colombianas, el no realizarlo por simple cuestión de dinero le daría a Colombia la más vergonzosa de las imágenes.

No puede alegarse falta de dinero. Si hay presupuesto para derrochar sumas inverosímiles en fiestas, francachelas, festivales de todo tipo, sueldos astronómicos (como lo detalla el gran poeta y ensayista Harold Alvarado Tenorio en alguna de esas notas sísmicas que circula por la red), carruseles de contratos, etc., que no les dejan a los colombianos, aparte de los guayabos, ningún bien cultural perdurable, no ha de ser difícil rescatar una partida, insignificante ante la magnitud abrumadora de lo que por gobiernos anteriores al actual se ha venido gastando en pseudo cultura, para asignarla a la Academia de Historia, de modo que le permita aceptar la sede del XIII Congreso Iberoamericano y ejecutarlo con el decoro que Colombia merece.

El presidente de la Academia Colombiana de Historia, Enrique Gaviria Liévano, le ha solicitado al presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos, "su apoyo institucional y financiero para la celebración, en Bogotá, del Congreso Iberoamericano de Academias de Historia". No dudo ni por un fragmento de segundo que el Jefe del Estado le tenderá su mano sin vacilar a la Academia y en apoyo de un evento que tanto realce puede darle a nuestro país.

 

 

Fuente: ElTiempo.com

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/enriquesantosmolano/el-alma-de-la-historia_8996969-4

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